Tres habitaciones y una de hotel.

Volví a Madrid a desidealizarme de ti. A comprobar si lo que quedaba de ti en mí lo habías creado tú o yo.
Viniste al aeropuerto a recoger mis ruinas, me cocinaste mientras te miraba y pensaba en lo irreal que había sido siempre todo. Cenamos en el suelo de aquella habitación gris y cara con vistas a las azoteas de esa ciudad que siempre será tuya y nunca mía.

Y cuando te fuiste al día siguiente, cobarde y valiente cabrón, me reencontré con la libertad del que no se siente ya de ningún sitio. Llamé a quien debía llamar y te insulté sin decir palabra entre cervezas.

Volví a la ciudad que nunca será tuya pero es más mía de lo que ha sido ninguna antes. Me prometí que no me iban a romper más, que no iba a soñar más con nadie, que nadie más iba a besarme la frente por las mañanas, que eso era todo, que a partir de ahora sólo habría paz, noches de silencio, libros, trabajo, salidas en las que no volvería a mirar a nadie como te miré a ti la primera vez que apareció tu matrícula y alguien cantaba que no podías vivir sin mí.

Me prometí que nunca más, que nadie más, que se acababa.
Lo cambié todo, viví sola sin estar nunca sola, me encerré en nadie.

Pero un día llegué a casa, abrí la puerta de la cocina y ahí estaba él.
Sabe sonreír con los ojos, como siempre he querido que me sonrían. Bebe café solo pero conmigo. Ama comer y el vino y abrazarme por la espalda. Vive despeinado y me está enseñando a dar más importancia a los besos que a las palabras. Y vive despeinándome a mí. Me agarra de la mano cada vez que cruzamos en rojo como si no me hubiera salvado ya. Me deja notas en la pared y puedo pasarme la vida sin hacer nada si hacemos nada juntos.

He dejado de soñar contigo porque desde que duermo con él no necesito sueños.
He dejado de pensar en ti, hasta hoy, que he notado que ya no estás más y que hacía mucho tiempo que ya no estabas dentro y no me había dado cuenta.

Me están cambiando la vida sin intentarlo.

Un año después me encantaría declararme valiente.



Las obsesiones nunca me habían durado tanto como contigo.

La obsesión con tu flequillo despeinado, con tus ojos verde hierba, con tu espalda morena en mi cama de hotel blanca, con las pocas líneas que he publicado hablando de ti que me han ido minando la calma que creí haber encontrado en esta ciudad de locos en la que volví a sentirme viva, por no mucho tiempo.

Has despertado a todas las dudas, a la rubia aquella de sombrero negro y vestido verde esperando ver tu matrícula en Gran Vía con las manos temblando.

Todo lo que tuvimos fue real, me dices ahora. Como intentando convencerme de que no soñábamos seis horas cada noche que hablábamos con el otro por teléfono, cada madrugada que me leías Rayuela mientras fumaba en la ventana, cada vez que me cantabas al oído sin cantarme al oído.

Esta vez la he jodido.

Escribiéndote borracha al salir de trabajar de mujer florero, con japoneses que pedían otra botella con burbujas que aplacaban su soledad, como yo. Diciéndote que cada vez que cerraba los ojos seguía viendo tu cara, escuchándote en bucle, maldita sea, una vez y otra y otra y otra y otra y otra y...

La última vez que perdí me preguntaste si me habías decepcionado y me clavé una palabra en las costillas para siempre. Y me pregunté cada uno de estos meses, hasta el día de hoy, si no habría huido demasiado pronto, si no habría tenido demasiado miedo sin sentido o demasiadas ideas sobre algo que no existió nunca.

Pero has vuelto a ser real.

Necesito saberlo.
No me lo he perdonado desde entonces.
No haberte abrazado más en aquella ducha.
No haberte follado más fuerte.

No puedo vivir sin perdonarme dos veces.

Los hombres de esta ciudad.

Esta es una de las pocas veces en las que es mejor vivirlo que contarlo.

Pero estábamos en una de las calles más llenas de cámaras, besándonos contra los muros que guardan más de nueve millones de historias al día.

Creo que hasta ahora no sabía lo que era sentirse, de verdad, viva.
Elegí un vuelo sólo de ida, con todo lo que necesitaba y un poco más en dos maletas.

Lo que he encontrado son despertares de los que erizan la nuca, pupilas dilatadas, manos bajo las mantas, palabras bonitas en otros idiomas.

Lo único que no me he encontrado ha sido sola.
Ni un jodido minuto desde que respiré este aire nuevo como si fuera la primera bocanada de mi vida.

No he podido escribir hasta ahora.
Me han regalado una libreta roja.
Una fe nueva.
Unos zapatos rojos para correr detrás del metro.



-Siempre es un placer despertar a tu lado.
                        Y todo lo demás no importa.

Búscame tú, que yo vendré cansada del trabajo.


Me encontrarás en un semáforo en rojo, en un callejón, tal vez en una librería, en un concierto.
No querrás saber nada de peines, de pasados ni eternidades.
Tendrás las estanterías llenas, el corazón roto, los ojos tristes aunque sabrás sonreír con ellos.
Beberás café solo, quizá whisky.
Escribirás.
Gastarás más dinero en libros que en comida.
Tendrás hoyuelos, al menos uno.
Traerás la intensidad de vuelta después de este frío.
Vendrás, quizá con la primavera, para no irte.
Vestirás de actor francés.
Llevarás sombrero, puede que barba, tendrás los labios secos.
Odiarás el flash. Me enseñarás a amar la lluvia.
Olerás a novela antigua, a papel de regalo, a mar.
Cargarás con historias a la espalda, hablarás de sentimientos siempre.
Encerrarás la vida en una jaula de puertas abiertas.
Serás palabra, abrazo, carcajada.





Bésame. Píntame de garabatos. Enrédate. Y no dejes de sonreír(te). Me voy a dormir. Apretando el labio. Dando vueltas. Y no, no escapes muy lejos. Que le jodan al vertigo. Yo sólo pienso en rodar por el campo. Y en llenarte de garabatos. Me da igual lo demás. De veras. Estoy cansado de vértigos propios.
Un día te daré besos y ya no habrá miedo. No corras, por favor.

Porque.
Estos latidos.
Son tan
patadas y
tan caricias a la vez,
a mí me gustan mas las caricias.
Miedo-miedo-miedo y
a veces puede
ser miedo.

Todos tenemos patadas. Pero lo bueno es que conmigo ya no hay lucha.
Dame un poco de tu miedo, yo te lo transformo.
Preciosa.


Me haces cosquillas por dentro. Y yo ya he estado aquí y sé cómo sigue esto.




Que se siente. Que me cuente cosas. Cómo le temblaron las piernas con el último beso, cómo vibró su imaginación al chocarse con un igual. Cómo se empapó de palabras hasta querer arder, cómo esperó que llegase el momento sintiendo que el tiempo se le arrastraba entre las costillas.




Cuando yo no salto, salta usted.

"Ahora, 
cuando subo al coche
me acuerdo de ti. 
Cuando enciendo la radio 
y suena Q.
El caso es subir.
El volumen.
La radio.
Contigo.
No sé si me entiendes.
Yo siempre he sido de bajar, 
y de ir.
No de llegar y llegar.
Y qué bonito es llegar 
cuando hay alguien que te dice VEN."


Hace tres días
que no me corro con tu voz
y en ella.

Te estoy arrojando, sin merecerlo,
silencios ante palabras tiernas.
Y toda tentativa de autoayuda es limitada,
escasa,
nula.

Como si no lo hubiéramos expuesto ya todo
sin mediar palabra.
Como si no interpretáramos,
intuyésemos,
que hay pactos,
versos y reglas
que no necesitan ser escritos
para incumplirlos cada noche
por alusiones directas.

Siempre reapareces.
Con las ganas instaladas,
la radio puesta,
las defensas diminutas
y un ejército de latidos
(que cada vez son más patadas).

Consigues que me redoblen
tanto
tanto
las piernas
que no me quedan ansiedades
ni ganas
de otra huida.

Diría lo mismo
si me lo pides
de otras mil formas:
Ya no me quedan fuerzas
en las extremidades inferiores
para huidas
de tantos temblores.

Te tiemblo, te temo,
porque me has tocado
sin tocarme
más de lo que muchos me han tocado
tocándome.

Trato, inútilmente, de enmendarlo
resistiendo hasta el domingo sin haberme vuelto cuerda.

Sin querer
queriendo
evitar
evitarlo.


"-Tú tienes que tener una parte de mí.
Para poder explicarlo todo.
Seguro que me has quitado algo de mí
y te lo has quedado.

Quiero
verte."


Latidos que son patadas y caricias.


"A lo mejor le arruino la isla desierta, me convierto en la huella del pie en la arena."

El pulgar acaricia la pantalla, reconociendo el tuyo entre todos los nombres, aquel que has elegido, no el que te han adjudicado, ese no lo he utilizado en voz alta aún. Lo usaré únicamente cuando haya una noticia que darte, cuando deba hablar en serio, cuando me enfade o te llore, cuando nos hagamos gritar, cuando te recuerde.


La tecla verde, el tacto del cristal.
Al principio un susurro.
Me acurruco en mí misma, con las piernas encajadas en el sillón, vulnerable hasta límites que no pensé que volvería a permitirme.

Los tonos, infiltrándose en mi oído a cámara lenta.
Uno... dos... tres.
Un segundo de silencio, dos, tres.

Y entonces, al sentirme al otro lado, dos palabras, nueve letras, un espacio, que hacen que me sienta como en casa. Tu voz. Cosquillas por dentro. Las pausas, los silencios, los suspiros.

El gesto, ya costumbre, ya vicio, de morderme el labio para no hablar de más, de besarme las rodillas por impulso, de cerrar los ojos fuerte para guardarte mejor.Y tú, leyéndome poesía, una detrás de otra, escuchando cómo respiro entre frase y frase, cómo se me revuelve cada verso entre las costillas.
La ventana abierta, mis puños encerrando las mangas de mi chaqueta, como una niña muerta de vergüenza, de ternura.


"No corras,
por favor.
Deja que te cuide."

*
(Fue tan fácil como que arreglases un error con asteriscos.)


Sé poco y menos del amor.


Pero ya es innegable que debe tener algo que ver con la bandeja que transportas suavemente por el pasillo que nos ha visto comernos vivos hasta la cama, con pan recién tostado y zumo recién hecho con esas manos grandes, que me acarician la vida después del desayuno, que me despiertan rodeándome, transformándome en mi versión vulnerable.

Tiene que ser algo comparable a las despedidas de película que tenemos,  algo así como mis rodillas en tu cadera, similar a tus dientes atrayendo tiernamente mi labio inferior, equiparable a las milésimas de segundo que tardas en girarme del brazo para apretarme contra tu caja torácica y besarme sin posibilidad de escape.
Salvajemente enajenados.

Podemos susurrarnos la historia de nuestros fracasos, enredados hasta que anochece en un banco de madera. Puedo ayudarte a cocinar en lencería, rodeados de tensión sexual, y podemos darnos a ella.
Eres capaz de aspirar el vacío habitual de mis domingos llevándome a comprar libros de segunda mano, follándome viva después de leerme Rayuela, despertándome con un princesa y machacándome con un zorra de madrugada, jodiendo la calma nocturna de los vecinos. 

Quédate en otoño.
Protégeme de nada.
Pide postre para dos.
Viaja conmigo para no salir de la habitación.

Como idea eres una de las más bonitas que he tenido.




Te idealizo.


Te espero, como quien desea el verano en pleno febrero, subsistiendo en ese escenario calcado, la ciudad más gris del mundo con todo el pavimento cubierto de blanco. Te planeo, te proyecto como se organiza un viaje sólo de vuelta, con un plano lleno de cruces en todas las calles que de antemano he pisado contigo (aunque nunca hayas puesto un pie en ellas). Sin ser tú consciente hemos paseado con correa a mi nudo en la garganta, a mi hueco del estómago, a mi necesidad continua de huidas en cada oportunidad que tengo de advertirme más incapaz de huir de mí misma, rindiéndome de esta suerte a la certeza. Y es que si el problema no es este lugar, seré yo.

Te concibo como a un ídolo, como al escritor de mi libro de cabecera, aquel que hizo magia describiendo una caída de calcetines y dos trenzas rubias. Te agiganto como se hace en catálogos de hotel con las fotos, te exagero como los anunciantes de las paradas de autobús: detergentes para ropa sin estrenar, anuncios de rímmel con pestañas postizas, sonrisas blanco nuclear, todos mucho más felices bebiendo cerveza (no seré yo quien les contradiga), conduciendo descapotables rojos inaparcables, las muñecas prendidas a relojes sumergibles (30 metros) para el día que ahoguen las obligaciones auto-infligidas de los esclavos del tiempo en que nos hemos visto convertidos últimamente.

Te acomodo entre dos ideas, te acoplo en los pocos huecos que aún me quedan libres, en un pedazo de la imaginación que en otro tiempo presumió de desahogo espacial, donde la ventana siempre está abierta para que no dejes de arrojar piedras por si un día, sin querer, te hago llorar y nos hundimos los dos.


Te idealizo como a un genio muerto, aunque estés más vivo de lo que yo he estado en meses.
Como lo hace cualquiera que se enamora de un personaje, olvidando al total del actor que hay detrás. Como a las revoluciones, creyéndote el milagro político que lo cambiará todo.
Como los fanáticos religiosos a sus dioses de barro y oro. 

Te hiperbolizo como al amor eterno, cuatro manos arrugadas que sigan acariciándose entre cuatro paredes repletas de recuerdos intensos.


"Me siento casi alegre, casi alegre como quien se cansa de estar triste."


Estuve cómoda en tu recuerdo. En esa obsesiva fijación con la tristeza. Ella y yo, tan cogiditas de la mano, viajando juntas una hora al día en el último asiento del autobús. Nos escondíamos, las dos, entre las páginas de todos los libros que elegí pensando en reencontrarme al mismo ritmo que te olvidaba, obligándome a pensar en cualquier personaje que no fueras tú, que no llevase tu nombre. Letras insignificantes, en el fondo, como estas, que resultaron ser desgarradoras, aunque hicieran el esfuerzo inútil de callarte en mi memoria.

Lo intenté, te lo juro, borrarte a base de humo y whisky, a base de besos de otros tan faltos de calor y poesía como yo. Me dediqué a los simulacros de romanticismo de una noche y despedida en el trayecto de puertas a ascensores ajenos. Me creí el tópico que ya nadie espera escuchar de puro repetido: Me ha encantado conocerte, quédate otra noche a dormir, llámame...

Pero no quiero que me llamen.
Quiero volver al mismo hueco, diferentes taxis, al final de la fiesta, con Tristeza de copiloto.

Eres mágica.


Andamos de puntillas alrededor de la línea de teléfono con la intensidad de un adicto. Puedo ver cómo las palabras tienen efecto efervescente y devastador desde el final de mis vértebras, cómo hacen que me retuerza. La tormenta me destroza los nervios, recupero la capacidad perdida de sentir cada sílaba como una caricia. Me susurras plurales hasta destaparme. Me desubican los silencios, aprieto los puños, arañas sábanas, parecemos decididos a dejar de sobrevivir, en un derrumbamiento de muros sin límites, arrastrándonos mutuamente, jugando a suicida y lanzador de cuchillos. Podrías perder vuelos, reducir el peso de la vida, poner de banda sonora al corazón retumbando en las costillas.

-Antes de morirme te beso.
Y todos los papeles del mundo fluyen detrás de nosotros, me he perdido y no hay vuelta de hoja. Vendrán horas lluviosas enredando los dedos en el cable, bebiendo café sola, dibujando garabatos.



"-¿Qué le pides a la vida?-le pregunté.

-No lo sé-respondió-.Sólo ir tirando.
Bostezó. Le puse mi mano en la boca y le dije que no bostezara.
Intenté hablarle de lo excitado que me sentía de estar vivo
y de la cantidad de cosas que podríamos hacer juntos.
Quería contarle muchas más cosas,
hacer el amor con ella de verdad y quitarle el miedo que sentía.
Era simplemente un chaval al que la vida le excitaba terriblemente,
quería vivir intensamente(...) Él sabía que yo lo sabía
(ésta ha sido siempre la base de nuestra relación),
nos entendíamos bien: nada de molestarnos, nada de necesitarnos.
Empecé a aprender de él tanto como él probablemente aprendió de mí.

-Sigue, todo lo que haces es bueno."

Imagina que me olvidas. Ya lo has intentado, has fracasado, no lo intentes de nuevo, no lo intentes mejor.


Se me enfría la paciencia esperando el gesto definitivo, la decisión de impacto, la apertura de puertas como en un día de rebajas, el pistoletazo de salida, el relevo de tus ganas. Escucho a Ismael y no nos imagino en ningún autobús de esta ciudad triste con el paso de los años, en el mismo en el que me habrías cambiado por la chica de ojos azules, con el tedio aplastándonos, pensando en posibles, en la vida que habrías llevado a mi lado si ocurriera el choque utópico, echándole el valor que siempre te ha sobrado cuando no querías estar un día más sin mí. Imagina los besos que me debes en el portal donde tantas noches nos comimos vivos, la restauración de todo, que duela, joder, que duela, pero muévete, escoge lo difícil, el esfuerzo, el detalle diario, mi único hoyuelo.

Quédate esta vez, finge que cuarenta y dos días han sido sólo uno largo y oscuro, repítete que ya me has echado demasiado de menos.

"En las noches vacías en que regreso solo y malherido todavía me arrepiento de haberte arrojado tan lejos de mi cuerpo...Y ahora que te encuentro veo que aún arde la llama que encendiste, nunca, nunca es tarde para nacer de nuevo, para amarte."

Se ve que soy incapaz de dejar de escribir(te)

Cuando decir adiós es cerrar las puertas a cal y canto.



Esto es lo último que vas a leer con tu recuerdo como protagonista. No consiento que vivas en mis retinas ni un día más. Ni siquiera un cómo estás, cómo va la rutina. Desaparezco. Me alejo del dolor. Me voy con lluvia dentro, con los dedos fríos de no escribirte, con una calma que me ha arrancado el insomnio y me ha llevado a una vida vacía de sobresaltos esperando que algo nuevo pase y me arranque la pena. Llevo dos noches sin llorar, las dos únicas de este año, he dejado de pensar en lo que siento para sentir lo que merezco. Merecía que vinieras corriendo, que me recordaras cada día lo que éramos, que siguieras con el acoso y derribo más de una noche, que me mandaras un mensaje diciendo que estabas en mi portal, que bajase aunque fuera en pijama. Merecía una despedida, al menos, no dos ojos cobardes en un callejón. Merecía más bailes, más risas, más atenciones. No negociaciones para verte como si fuera una obligación. Merecía más noches interminables de fiesta sin discusiones, hacerte el amor sin portazos, dormir tranquila sabiendo que no ibas a irte. Me habría quedado siempre. Habría matado por una carcajada más, por una oportunidad, por una esperanza de volver a morderte.

"-No quiero verte porque si te veo caigo."
Que seas feliz, dimito del cargo.

Me he convertido en una autómata con ojeras que se muerde la lengua para no hablar a todo el mundo de ti.

Todo lo que me has dejado es un gran montón de mierda. Un enorme cúmulo de nadas. La cabeza llena de recuerdos que me parece impensable que no te torturen por las noches como a mí: Los abrazos en el mar, los besos de sal, todas las vueltas con música callejera, los cafés que arreglaban el mundo que un día quisiste comerte conmigo, aquel paraguas en tu brazo resguardándome de la tormenta, las calles de esta ciudad que ahora me pesan, imaginándome a tu lado en cada esquina, en cada piedra que pisamos, en cada bar que descubrimos juntos. Todo lo turbio, lo dulce, lo íntimo. Tú pegándote a mi espalda con los dedos debajo de mi falda, la respiración agitada en mi oído, las tardes tirados en la cama mirando al techo con las energías agotadas, felices, vivos. VIVOS.

Me cuesta recordar la última vez que fui feliz, lo que sentía al tenerte, la certeza de que no ibas a huir sin importar la guerra previa. Nos creía fuertes, construcción eterna con cimientos que ni el viento podría llevarse. Vivo negándome que te has ido, que no quieras volver a oír mis pasos cortos con tus zancadas largas, mis carcajadas en el autobús cuando íbamos a bañarnos en vino, con manteles rojos y las copas llenas. O aquel fin de semana alojándote en mi vida, despertando intensos, nuevos, plenos. Sin subir las persianas, sin querer volver al mundo real.

El último momento que me hace aferrarme a todo esto tiene sonido de ascensor, tu abrazo, la desesperación, quince llamadas perdidas, la esperanza absurda que aún guardo. A pesar de todo paso cuatro veces al día por delante de tu puerta, esperando no volver a verte y al mismo tiempo girando la cabeza hacia tu portal. En todos estos años no nos hemos chocado por la calle y tengo que romperme con tus faros azules de frente en ese callejón un lunes. Apretar los puños, repetirme mentalmente "no te gires, no corras hacia él, no le abraces, no supliques". Girar la esquina y secarme las lágrimas que no sé si alguna vez podré volver a contener.

Te echo tanto de menos que he dejado de escribir.

Estarías orgulloso de mí.


Lo único que oigo estos días es que todo se pasa, que no hay nada tan grave, que nadie se muere de amor en los tiempos que corren. Cierro los ojos entre cervezas, me niego a creerles, trato de no insultarles, no saben de lo que hablan, no han pasado conmigo las noches en trance.

Estarías orgulloso de mí, me digo.
Me he comprado una planta.
Me roba el oxígeno, dicen.
Pero me sobra.
Ya no me besas.
He puesto mi vida en orden, empezando por la habitación.
He cambiado los muebles de sitio, y esta mañana no sabía dónde despertaba.
He quitado tus fotos de la pared, pero soy incapaz de pasar un día entero sin sacarlas del cajón.
He intentado desaparecer, codos en la mesa, cigarros, cafeína y apuntes.
Tengo perchas nuevas, sueño con algo que siga el mismo funcionamiento, que me sujete firmemente de los hombros y no me deje caer nunca más al suelo del baño entre lágrimas.

He esperado como una niña tus palabras, esos mensajes insistiendo en que todo esto acabe. Vamos a olvidarnos del dolor, vamos a dejar de hacernos daño.
No hace ni una semana, me retumba en los oídos.
"Te quiero. Te echo de menos. Se hace duro sin ti."


Te he querido tanto...

"Amé dieciocho veces pero recuerdo sólo tres." (I)


Algún día debería agradecerles cada momento invertido conmigo, cada segundo de magia sin trucos, cada día impagable entregando todo y más de lo que podían darme, pagando un precio muy alto en plazos más o menos largos, el adiós, la decepción, mis cambios de humor o de amor, de número, de atención, de horarios, color de pelo...
Gracias.

Por el Cabrón primigenio, la mirada más intensa desde la pared contraria del recreo, una de las escasas que he atesorado para siempre, el de las rosas y los rizos, el de las escapadas para descentrarme de los números, el primer beso que importó, que hizo temblar los cimientos, sintiendo la vida en las venas en aquel ventanal atardeciendo, corazón en la garganta, código morse y el cuello girado cada vez que vuelvo a pasar por su calle después de tantos años. Nunca podrán quitarle el título. La espina clavada en cada poro. Sesenta lágrimas por sonrisa. Tres meses incapaz de subir las persianas.

Por los chicos-puente, los que consiguieron sacarme de la ruina para más tarde rebozarme en barro, esperar y desesperar, ellos, que crearon canciones para mí, a los que quité el sueño, dejé sin palabras cuando parecían tenerlas todas. Aquel que me pintaba tréboles en los márgenes, o él que siempre tuvo los labios rotos y olía a hierba, y él que me follaba mientras la cena se quemaba, él que vivía en poco menos de un castillo de sábanas, mármol frío y películas antiguas. Aquel con el que corrí de la policía, amaneciendo en una letra de hormigón. El de tienes que ser hechicera, el de los globos de agua en Agosto. El rubio del tequila y las volteretas por el suelo, el acento y el me gustas de aquí a México y dando la vuelta. El guitarrista. El escritor. El doble del hombre perfecto, con el doble de mi edad, el de las tiritas y las cosquillas, el que me rompió los esquemas, el compañero de fatigas y el de la retirada digna.

Después Él, el culpable de este blog, el de los besos de rabia, el de te odio porque no quiero hacer lo contrario, el de las norias con algodón de azúcar, Marina, El Principito. El de tu novio puede darte drogas pero yo puedo darte amor, por el que empecé a beber whisky cuando dejé de probarlo de su boca, más de setecientos días de locura, los ojos cerrados con sus besos en la frente, las cenas en familia, navidades, inviernos de su mano, veranos con cuatro pies entrando a la orilla, la flor que no morirá nunca entre cristales, la ginebra que me daba valor para buscarle por los bares, las tormentas y la vez que la soltó a ella para sujetar mi mano. Los trentaymuchos vasos de sidra, los planes de futuro, el de la paciencia eterna, el de tantas horas en tren con mi nombre por destino.

Alguno cambió su ciudad por la mía, me hizo mirar al objetivo de frente, me llevó borracha a la cama en brazos, me hizo el amor en el aire, sólo tuvo palabras bonitas, escondites secretos y todo el tiempo del mundo...



"Yo suelo sentirme como un bicho raro,
no soy capaz de pasar de una cosa a otra así, sin más.
La mayoría de personas, cuando tienen una aventura
o una relación larga y rompen, la olvidan.
Pasan a otra cosa y olvidan como si nada hubiera pasado.
Yo jamás he olvidado a alguien con quien he compartido algo,
porque cada persona tiene sus cualidades propias.
No se puede reemplazar a nadie,
lo que se pierde se pierde.
Cada vez que he acabado una relación me afecta muchísimo,
jamás me recupero del todo.
Por eso pongo mucho cuidado en las relaciones,
porque me duelen demasiado.
¡Aunque sea un rollo de una noche!"

Me amabas con a minúscula.



Claro que querías alguien que te hiciera rodar por las calles de su mano, sin importar el paso del tiempo ni las putadas, el dolor, la resonancia de tanto amor rasgado en tus cuatro paredes. Claro que sí, que era él, la única sonrisa que necesitabas al final del día, la palabra precisa antes de hibernar hasta la siguiente vez que le vieras, el eco de tus pasos, la mitad de tu sombra en días de tormenta resguardándote del frío con la mano metida en el bolsillo de su chaqueta.

Claro que sí, que lo entiendo, que era ese olor en su cuello y los ojos que brillaban pero se han apagado, y el asunto aquel de no haber escrito nunca tanto sobre nadie, y el notevayasnunca, y nunca es ahora.

Claro que podías olvidarlo todo cuando os quedaba un mínimo de aguante, y tú lo sabes, te daba igual el camino si al final estaba su cremallera, si aún era posible limpiar las lágrimas con café, solo, con mentiras que sonaban a morirse de pena con el doble de azúcar.

Pero tiene que haber alguien que no ejerza mañanas sí y noches no, con quien no tengas que negociar horarios y perdones, a quien no le tiemblen los dedos si tiene que escribir más cartas de amor, alguien que te lea al oído, que te pida cuentos, verdades, libertades, calma.




"Conoceré a alguien que me quiera con toda su alma
los trescientos sesenta y cinco días del año".
Estaba en quinto o sexto de primaria cuando lo decidí.

Tokio Blues.

Erais un amor de los que duelen.

Amor de doble filo, cortante cuando te apetece. Y ella sólo espera el día que vuelvas para decirte que no, que ya es tarde para llenar los otoños de carmín y las ciudades de despedidas. Espera nunca haberte conocido por si pudieras no doler. Olvidar como Clementine todas las cartas que con los meses dejaste de escribir, cuando vivías con certezas, siendo el único destino, el único camino, la mujer inevitable, la que siempre estaba en el fondo del vaso, de todos los versos, al final de las copas, esa que se creía principio y fin, universo, corazón, apoyo, respaldo, cimiento. Cómo se puede ser tan hijo de puta y dejar de recordar cada polvo, cada beso, cada frase en la que no podía más. Todas las huidas hacia su cama, todas las llamadas al jardín de sus entrañas, cuando estaba incluso más infiltrado en su cuerpo de lo que el aire estaría jamás. Cómo puedes olvidarte de eso.

Yo sólo creo en infinitos que se abren, que se desarman, que tienen sed. Es invierno y el frío me cala en los huesos, me destroza, me defiendo y lo único que puede rematarme es la canción nocturna, las cervezas heladas, los dedos firmes sujetando el cigarro, y un "tal vez te acuerdes de mí..."

¿Dónde tengo que firmar?

Vivo a días alternos, lunes besándote en ascensores sí, martes volviendo al barrio perdida, cubierta de apuntes en autobuses abarrotados de miradas grises no, miércoles haciendo mucho más que volar sí, claro que sí, mientras espero mordiéndome las ganas la hora de salida para tener por fin en las retinas al único hombre del mundo capaz de convertirse en mi mejor postal de Navidad con un pie apoyado en cualquier pared de ladrillo. El de "dónde está la cosa más preciosa del mundo", el del contrato indefinido sin necesidad de firma. El chico guapo que también regala libros.

No sé si la física podría explicarme cómo fue capaz de iluminar mi rellano la noche que se fundieron todas las bombillas. La maravilla es que volvió a repetirlo cada vez que nos quedamos a oscuras.


No he sabido dejar de echarte de menos.

Porque todos estos días en los que estoy harta y la ciudad parece un infierno bajo cero y nada puede con mi gesto de haber perdido y siento que trago cristales rotos lo único que echo de menos es el gris de tu pelo a juego con mi ánimo, tu caricia fría de hombre duro que tiene absoluta adoración por quien corre al lado de su bastón y le imita esperando su risita haciendo eco. Esa vuestra es la complicidad que tanto envidié y quiero tener algún día, esas cintas en las que él te llamaba artista, pidiéndote otra canción, una bonita que no hable de pasados, que no raspe las rodillas, que recuerde la muñeca sin la que no podías dormir, el globo que perdiste aquella tarde y todas las tiendas que recorristeis buscando otro-tenía que ser del mismo color-para sustituirlo. Sería más fácil si hubiera heredado de ti esa facilidad de hacer feliz a la gente sin fruncir el ceño en el esfuerzo. Es injusto no haber llegado a conocer los surcos de los disgustos que nunca te he dado, tus opiniones sobre ellos, que han llenado y vaciado mi vida por temporadas. Pero te veo en otras calles, en otras miradas retorcidas por el paso del tiempo, en otros bancos en parques llenos de luz que aún no existían cuando decidiste irte, en fruterías donde nos reíamos haciendo bodegones imaginarios para mi arte con la pintura de dedos, tu decoración favorita de neveras. Vendería la mitad de mis días por una semana al contado para mirar por la ventana juntos, para enseñarte los deberes hechos y decirte que todos los Noviembres sigo esperando que me eches una mano y soplemos a dúo como antes para apagar las velas de mi tarta.

Me prometí que te quedarías. Y acabaste quedándote.


Debería haber sido más dura hasta llegar a tu límite de aguante y después violar un poco más tus principios, ese juramento de cabrón que las ha tenido todas y jamás habría aprendido palabras de amor salvo caso de necesidad. Imagina que no me hubiera dejado el anillo bajo tu almohada la primera tarde que te provoqué un orgasmo de piedra azul y plata. Ojalá fuese una historia distinta, yo la cobarde y tú el frágil. Ojalá te hubiera obsesionado por las noches, con alarmas cada hora, todo oídos entre sueños por si volvías a conseguir provocarme arrugas en los ojos y frunces en las comisuras. Si no te conociera, no habría temblado en aquel paso de cebra, no estaría enamorada de tus gestos, de tu manera de coger los cigarros como si llenarte los pulmones de veneno fuese arte, de tus coreografías y tarareos improvisados que hacen retumbar en la ciudad mi catálogo completo de carcajadas. De tus mohínes, grescas, derrumbes y asaltos. De esa forma de arrullarme, de moldearme con dedos de alfarero experto, de rasgarme la voz, de clavarte en mis costillas, de arrodillarte a mis pies y hacerme suplicar treguas de cinco minutos para volver a la carga, en la cama, contigo, preparando otra guerra.

Lo único que se me ocurre decirte y todo me suena a cliché.

Qué bien dueles.

Lo suyo era una adicción al drama, la insatisfacción brutal de quien lo tiene todo.

Ella, los ojos rojos de llorar por las noches pintadísimos de negro en el autobús de las mañanas, sujetando sus ganas a la barra metálica, fluyendo por los nervios de esa ciudad lluviosa, con el sueño no tan secreto de huir. Entusiasmo en la cordura, primeriza en ser feliz, falta de costumbre. Él, don cómosepuedequerertantoaalguien, expuesto a nada, tres días a la semana, los mejores polvos de su vida entre sillones y copas de vino, aventuras en rellanos, los amorosos tirándose besos a través de la ventana cuando la espera a la salida. El día aquel que le dijo entre risas "somos cucarachas, ¿sabes por qué? porque ni un desastre nuclear puede con nosotros".
Ella, hace meses, drogándose en pisos de extranjeros con una botella en la otra mano, apagando el móvil para no mandarle mensajes estúpidos suplicando un te necesito. Heridas en la lengua de tanto mordérsela para no hacer más daño. Él, olvidando todo lo malo en cada despertar, llegando borracho y solo a casa, sentenciando "acuérdate de esta fecha porque desde hoy eres la mujer de mi vida". Y la resurreción de las dudas después de cada espera, cada dolor, cada noche en vela. Y el olvido de toda explicación cuando se mudan de estado de ánimo y recuerdan cómo era besarse por las esquinas.

Simulacro del resto de noches de mi vida.


Anochece. Suenan ocho campanadas. Te espero con la mesa puesta, vino y velas. Llegas como si vinieras de la guerra, ronroneo tras el beso en la puerta. La sonrisa de cabronazo te delata, me subo unos centímetros la falda y los ligueros funcionan como imanes fieles atrayendo el metal de tu cinturón. Desde el principio de esta historia me enciende el contraste entre ternura y arrebatos, cuanto más dulce eres desnudándome antes me encuentras, antes me encuentro. Nos revolcamos, nos comemos vivos, rezo porque te quedes a vivir dentro de mí, me destrozas, me expando, me retuerzo, exploto, morimos y volvemos a un mundo que esta noche es menos real que nunca.
Cenamos entre risas, eres el culpable reincidente de mis hoyuelos con agujetas , me los clavas con chinchetas a cada nueva invención. Amo tu risa de niño, tu arte cantando, lo frágil de los susurros bajo el nórdico, y la ironía de sentirme enorme cada vez que me llamas pequeña.

Tres de la madrugada, te como la espalda a besos. Las piernas se enredan, los jadeos se mezclan, despertamos a todo el vecindario. Eres mi estufa en Octubre. Ya no te suelto.

Se abren los párpados, buenos días.
Vuelves a dormir en una habitación sin sábanas de flores como las que te abrazaron las dos últimas noches.

Es domingo.
Y me faltas.

Adiós a la calma, fuera la vie en rose... Pero sólo por hoy.

Sólo te pido, Vida, que no me anules las ganas ni me nubles los ojos ni me quites siempre la razón. Que no me des pesadillas despierta, conviertas los esfuerzos en tiempo malherido y la euforia en tormento del que pesa en la nuca. Déjame sola para escribirte y ven cuando necesite notarte, sentirte, rasgarte. Oblígame a enfadarme en frío, evítame resignarme, nunca asientas a mis quejas como quien dice que sí a los locos. Jódeme y bésame la frente luego, que se me olvida. Siempre se me olvida. Menos mal que puedo dar página atrás como quien da marcha atrás para aparcar y recordar que ayer mismo fuimos magia. Menos mal que me pides que no me aparte de tu lado por las noches. Y el miedo mutuo nos dio paz y no hubo duda de que sabremos salvarnos siempre. Jamás entenderé tus golpes de efecto, tus defectos especiales, ni que la especialidad del día a la hora de cerrar sea siempre una sonrisa sin importar qué se haya roto.




Te buscaría cada noche para repetirte nariz con nariz que tenemos un problema por solucionar.
("Todo me sabe a poco comparado con tus caricias.")

Pequeñas grandezas nocturnas.

El silencio de cada día al verme salir es un aviso inminente de beso. Mirarte como si esperase instrucciones. Dejarme caer en tu jersey en la parte giratoria del autobús. Los guiños que nos hacemos en los bares, las presentaciones como si fuera la primera vez en mi vida que te encuentro y te pregunto si eres tú. Bailar contigo en espacios pequeños, las manos clavadas en mis caderas al ritmo de la música, querer desnudarte ahí mismo. La vuelta a casa en taxi peleando con tus botones. No saber nunca lo que nos espera al minuto siguiente, un beso en la punta de los dedos o un jadeo en los oídos. Lo de anoche fue demasiado. Lo de todas las noches. Los brazos a ambos lados del cuerpo sosteniéndome de cara a la pared, las piernas separadas. (Me agarró del pelo y estaba haciendo mucho más que eso, y yo lo sentía, me daba cuenta de todo, y me gustaba aquello, cuando me cogió en brazos me encontré bien, estaba allí, con él, algo me hormigueaba por dentro.) Tenerte sin plazos, sin horarios, sin contratos, sin garantías. Pero sentir que las tengo todas. Esconder anillos, notas y lazos en tus bolsillos, olvidos deliberados. Los pasos del ascensor a la puerta, inútiles, sabiendo que antes de abrirla volverás a darme el abrazo de buenas noches sin el que no apretaré nunca el círculo negro con el ocho blanco.




-Tengo sensaciones únicas contigo, me haces sentir vivo.


"me sumerjo
me extiendo
me enredo

me marcas
me incendias
me desatas
me acometes
me conduces
me habitas

te hundes
te derramas
te bebo."

Me quedo más tranquila.

Llegó a saturarme la idea de haber visto morir al amor tantas veces. Lo bonito del principio, la intensidad casi absurda de cada minuto cuando nada tiene cimientos y cualquiera de los dos podría huir al siguiente momento. Me llenaron o, mejor dicho, me dejé llenar los oídos de te quieros, cambié de compañía a cada cambio de sábanas, zapatos rojos para besos de sábado, con el único resultado de lágrimas negras. Cuántas veces empecé de cero, cuántos nombres taché de la lista, borrón tras borrón, las pocas iniciales que recuerdo... Nunca he estado sola, entre historias nunca han pasado las semanas necesarias para reconstruir lo deshecho, y así ha ido todo. Rezaba por sentir aunque fuera angustia, pero sentirme viva. Notar que me hervía la sangre, que no sólo respiraba, que viviría cosas que mereciera la pena escribir como cartas al yo futuro. Y escribí. Compulsivamente. Cada detalle, cada palabra barata que me calaba hasta los huesos, cada frase después de un polvo. Podría hacer una colección, escribir un libro, una enciclopedia de cínicos. No puedo culpar a nadie, la primera equivocada soy yo. Yo, que siempre me he guiado por impulsos. Ellos, que llegaron a llamarme fría ignorantes de que el hielo también quema. Mañanas de persianas bajadas tras noches de fiesta que se eternizaban, que se nos iban de las manos. Coches, camas, bares, terrazas, encimeras, pisos...
Y empiezo a creer que no, que no he visto morir al amor tantas veces. Porque quizá no lo vi nacer, me obligué a creer, me forcé a sentir. No siempre.

Y ahora está él, al mismo nivel de batallas que esta cabeza rubia.
Él, ojos azules y sonrisa de loco, lector de propaganda, paciente en mi portal, cantante entre luces y humo de colores, músico sin instrumentos, buscador de tesoros, explorador de mis recovecos, actor porno, vividor de lo surrealista, máquina expendedora de carcajadas las 24 horas, bufanda y cinturón si me rodean sus brazos, domador de leona, freno de mis tacones cuando llevo más alcohol que sangre en las venas, campeón de billares, ajedrez, abrazos y provocaciones. Susurrador experto y, por encima de todo, mi vista favorita de la ciudad.

Te vivo. Es lo mejor que hemos hecho hasta ahora.





Las penas se me van aplacando a oleadas, como los cigarros apretándose en los ceniceros repletos de agua en todas las terrazas en las que compartimos besos con gusto a vino, vicios por partida triple. Empiezo a habituarme a ser la niña de tus ojos, la que se refleja en tus gafas de sol y en lunas azules, a ser tu mano izquierda en callejones, a llenarte los márgenes de anotaciones. Ocupamos poco espacio, me pides que te quiera como si hiciera falta. Me alegras la noche y me dan ganas de exigirte que me alegres la vida. Tenemos una joya de valor incalculable, lo nuestro. El romanticismo deja de ser una cruz para ser mi cara más bonita.

-¿Tirabuzones, trenza, moño, pelo liso?
-Se me va a caer la baba igual...
Esta noche he dejado de estar loca por ti para empezar a quererte.
Como debería haber hecho desde el principio.


El futuro es un monstruo al que ya no temo.



La primera vez que estuvimos juntos ya sabía lo cerca que ibas a estar desde entonces. Desde los tobillos a las gafas de sol, eras una especie de carta de las que no pueden guardarse en el cajón de la mesita. Un vaso de la cerveza más cara que nadie dejaría a su suerte en la barra. Ese vestido que anda por sí mismo antes incluso de que te lo pruebes. El clavo que sujeta toda la estantería de mis libros. Eras algo parecido al impulso de dibujar tus fotos. Una habitación de hotel con vistas a lo que venía. Según entraba por la puerta al edificio y te giraste antes de irte quise cambiarlo todo. Empezó a convertirse en vivir con un colocón de lunes a domingo, soportaba tanta felicidad entre los huesos que parecía que iba drogada. No lo hiciste fácil, al contrario, pero conseguía reírme de todo lo malo antes de irme a la cama sabiendo que podría bailar en cada baldosa de la única calle que nos separa jurando que todo estaría en orden. Ajustamos las cuentas y pagaste todos los platos que rompiste, la vajilla entera. Me hiciste volcar, alargaste los segundos y sonó distinto. No era lo de siempre, no era sólo miedo. ¿Sabes lo largas que son las noches para los que están asustados todo el tiempo? Abría los ojos cada media hora sospechando que te despertabas y cedías. Intenté que te evaporases sin saber que de donde no podía fulminarte era de la cabeza, tuviste que recordármelo siete días seguidos. Te regalé mi impaciencia un viernes. El roce de labios después de tanta guerra fue el mejor invento. Nos movíamos por la ciudad en el autobús en el que meses antes me habrías cambiado por la chica de ojos azules, y era bueno. Te observaba mirando al suelo y era bueno. Temblabas con las llaves entre los dedos, me convertí en el motivo de sonrisas y temblores y no había nada mejor. Soportamos lo peor y nada más pudo tumbarnos.




"Al tercer día me preguntó si notaba cómo los días se estaban ensañando con ella.
Le dije que no. Era mentira. Ella decía:
-Cariño, cuando todo lo mío se derrumbe algún pedazo acabará dándote a ti."

Gracias por Vivir.

Acabo de enamorarme de mí misma. De secarme las lágrimas que no existen (esas que te joden el rimmel) con la toalla del pelo y decirme "nunca más". Saliendo de la bañera. La camiseta era blanca, casi transparente. Y me doy cuenta de que nadie me querrá nunca tanto como yo lo hago. Quién pondrá tanto tacto y tantas velas... No sabrán dónde, ni con qué presión apartarme la tela, qué día, qué Abril. ¿Cuántos días faltarán para verme? Ninguno. Y me dedicaré tanto tiempo como tenga. Cantaré cada noche aquella del amor propio. Besaré mi hombro, recorreré las cicatrices conocidas con la puntas de los dedos. Tararearé cada poro. Dejaré de mirar atrás. Las penas serán perlas que contar por el camino para cuando quiera volver a conocerme. Las flores se abrirán locas por vivir. Todos los anocheceres serán naranjas fluorescentes esperando un azul que ya llega. Un azul que te grita ganas. De sentirse. De encontrar su lugar que no existe. ¿Y quién es de alguien?




Llamadas a las cinco de la mañana.
Puede que no me vuelva tan loca.
Fúndete. Regálame brisa. Hazme sonreír.
Y qué bonita es tu cama...

Libre como siempre. Como nunca esperabas tú.

Nadie se fue porque no llegué yo. Y ahora...

Nunca pensé que se pudiera echar de menos un color.

Jugaba un lunes en el barrio con la espuma de cerveza por no besarle, sintiendo cómo el problema se agrandaba. Girábamos por la hierba, éramos un acordeón que se unía y se alejaba por tiempos. Empezó a ocupar sitio de más entre mis recuerdos y tuve que ponerle una suite en el hotel de mi boca, con conciertos todas las noches.



Intercalábamos putadas y música, gemidos y caricias. Nos intercambiábamos los papeles de lija y terciopelo por días. De tirano y flan. Hasta que llegó ese momento en el que dos personas
se encuentran. Cuando notas la diferencia entre hacer el amor y follar. Cuando aceptas que lo que vaya a pasarle a él también va a formar parte de ti. Cuando se supone que tienes que llegar a ese lugar desconocido del vosotros, y cerrar los ojos... ¿Lo has visto alguna vez? Teníamos luz en los ojos. Teníamos no, tenemos. Y tendremos. Y no todo irá bien para siempre. Si tú cambias el amor cambia contigo. Y si el otro no cambia... Pero le ves con su jersey granate esperando ver tu melena rubia saliendo del ascensor, fijándose en que a cada paso que te acercas se te amplía la sonrisa...
Y te dan ganas de parar el tráfico, de dejarlo todo, de parar el mundo.
(Le ves y te llena. Te apetece mirarle, y escucharle... y no dejar de mirarle en todo el día.)


Su tono de voz le delata.
Mil kilómetros y nueve días.
Me voy a volver loca.

Detalladamente.

Acabamos de cenar. Pides café con hielo. El camarero nos enciende una vela roja. Me enamoro de tu forma de romper el sobre del azúcar, de unir los papeles hasta que coinciden las letras. De tu sonrisa ofreciéndome un trago. Del giro de muñeca cuchara en mano.

Me enamoro de la energía que desprendemos al discutir, de tu cara cuando te doy a probar algo que te encanta, de tu brazo acercándome cuando me muevo diez centímetros evitando las goteras, de las arrugas de tus ojos al reírte, de tus gestos de niño y de macarra, de esa forma de juntar las frentes cuando hablamos de algo serio, de tu dedo pulgar acariciando el lateral de mis manos en el asiento de atrás de un coche, de tu intensidad sin descanso a lo largo del día y de las noches.
Me enamoro de la locura compartida, de todas las preguntas a las que respondes te quiero, de la tónica constante, del desequilibrio, del arriba y abajo. De la guerra en toallas y rocas, de la lluvia en portales, de nuestra banda sonora de gemidos con el mar de fondo.

Lo que queda, al final del día, no son las horas ni los planes ni los sitios, es esto. La mirada de complicidad con la que nos entendemos sin mediar palabra. La colocación de tus zapatos, las punteras dirigidas a mí no importa dónde, la forma de sujetar el vaso con una mano y mi cintura con la otra o la dulzura de tu voz al llamarme pequeña...

-Qué grande suena Enamorarse.

Los cantautores que hablan de nosotros sin saberlo.

Tuve que llevar vestido azul porque esa noche llevabas la colonia de Loewe. Seré la Penélope que te espere a la vuelta del viaje, tu paracaídas y todas esas pequeñas frases que me hacían mirarte de reojo whisky en mano en el sofá o susurrarte al oído. Que yo, como el chico de rizos que nos canta, quiero follarte hasta el alma cuando nos atechamos de un Julio que parece Octubre. Aunque con tu risa en el portal siempre es primavera. Y me muerdo la lengua sesenta veces por minuto para no resultarme demasiado tierna entre terciopelos. Te enseño todas mis versiones con el miedo de que elijas la subtitulada dejando de leer entre mis líneas. Me rindo a lo inevitable de quererte, aunque lo nuestro era improbable, impensable y la elección más inconsciente.



-Estás enamoradita...

Me disparas seriedades a bocajarro aunque sé que nunca firmarías una garantía.
Beso la mano que me acaricia la cara segundos antes.
Vi el final sin saber que sería el prólogo.
Cené techo y desilusiones ignorando la prueba que me ponía el tiempo.
Mis ganas a exámen.
El dolor clavándose en las costillas esperando la llamada que me sacara de entre las sábanas.
El quieroynopuedo que te mataba.
El séquequieres que me empujaba a seguir.
El nosequé que tienes desde que sé que eres
y que estás al cruzar la esquina,
Que vienes y no te vas
y que volamos y que me enredas
y me rodeas el diámetro de la cintura con un sólo brazo.
Cuántos jadeos habrán escuchado con las ventanillas bajadas...
Acojonas a mis dudas
si pagas los peajes que supone darme altura.


"Como si te hubieras comprado
un televisor sin manual de instrucciones.
Llevas un millón de años tocando todos los botones
y un día empieza a funcionar, sintonizas los mejores canales,
por fin tienes lo que querías ver y es mejor aún de lo que imaginabas."

"No quiero salvarme"

Desprenderme de esa manía
dejar de temer a la felicidad por la caída
cerrando los párpados
después de cada beso en la frente.

Ver la ciudad
desde tus ojos
y quererla
un poco más que de costumbre
al descartar huídas.

Inventar un nuevo ejemplo práctico
para la palabra intensidad.

Todo lo que me espera.

Yo he vivido muchos viernes, pero pocas noches me han conmovido como esta. "Un punto de partida como se merece".


Los tacones en orden, para ser la percusión de tus pasos. La cabeza en Babia, a cincuenta segundos de tu puerta y las piernas temblando.
La próxima vez que algo empiece, rubia, estate atenta. Me lo llevo grabando a fuego cada vez que se ha ido una ilusión llegando otra. He apuntado los minutos solitarios, me he recreado en el drama, he llenado tantas páginas hablando de sus manos que parece que he quemado medio verano antes de haber olido siquiera el fuego, la intensa sensación de comienzo, viéndome cerca de tener la habilidad de hacer las cosas bien, todo lo que he hecho mal las otras veces. No podremos alcanzar nunca la paz del todo, pero qué importa, no somos de esos. El único infierno posible hoy por hoy es el olvido. Las definiciones son innecesarias.

Cámbialo todo. Dame locura. Cede y deja de engañarte. Porque aquel día ni nos tocamos al encontrarnos, y al despedirnos fue como si lo hubiéramos hecho cada día durante los últimos veinte años. Hazme creer que no estoy abrazando aire, pon el futuro tierra a la vista, mesa para dos y unas copas de vino vaciándose. Jodidamente libres. Más grandes que Oviedo.


Que arda tu inicial, tres días intensos son treinta minutos de olvido.

Ya no tengo ni idea de los números de teléfono que he borrado. De las vidas que he destrozado. De las veces que he empezado de cero, de las lágrimas que me van erosionando esas putas ojeras que se están convirtiendo en el pan de cada día. No puedo llevar la cuenta de los momentos intensos que van dejando cicatrices. Del número de conjuntos de lencería nuevos después de cada final.

Había comprado bolígrafos nuevos para recuerdos nuevos, había apostado como nunca, aún teniéndolo todo. Dejé lo que siempre había buscado por seguir buscando cuando juré que ya lo había encontrado. Cambié de carril y me metí en dirección contraria sin darme cuenta de que iba contra una pared, de esas en las que me apoyo en el baño cuando me fallan las piernas y me convierto en odio y cataratas.


Pienso drogarme con chocolate y canciones de Ismael, seguir coleccionando motivos y encaje de colores distintos, siempre nuevos.Pintaré estos labios de rojo y un quetejodan en la frente. No voy a dejar que acabéis con la poca cordura que me queda, con las ganas de vivir que se me renuevan cada mañana. Ya sabes dónde estoy, al final de la calle. Pero el callejón se está tapiando, en menos de una semana será un callejón sin salida.



Si tuviera que tatuarme algo por cada hijo de puta mi espalda sería la Capilla Sixtina.

Lo nuestro es amor puro con escenas de porno duro. (I)

Hace más de setenta días que vi su foto. La vi y lo supe. No habría sabido de qué color era su lencería porque sólo podía mirar esos ojos. Su mirada pedía a gritos que la rescatara de futuras huídas. Me sorprendí cuando me habló a esas horas, tres y cuarto de la madrugada de un martes. Descubrí ese odio mutuo a la palabra rutina, algo que nunca entraría en nuestros planes. Pero eso todavía no lo sabíamos... Fui abriéndole el camino, perdí la vergüenza a golpe de primaveras, me imaginé enloquecido buscándola por alguna ciudad indefinida, regalándole seis ramos de palabras de esas que tenía amontonadas en cajones de la memoria por si me la cruzaba en algún paso de cebra, siempre y cuando firmara el contrato quitamiedos que le arrebatase el título de desconocida íntima. Me colgué poemas del bolsillo, su imagen de la retina, permití que me llenara de interrogantes hasta las cejas y descarté las cicatrices. La reté a enamorarse por el camino cuando yo estaba entrando en línea de meta. Me quité el traje de superhéroe en una cabina llena de guías telefónicas con su número de móvil en todas las páginas y me convertí en V. para siempre. Embargué mis horas de sueño para morder todos los metros cuadrados de su boca. Intercambié mis carcasas, me concedió un préstamo con todos los intereses del mundo a cambio de las ojeras más dulces que nunca hubiera podido idealizar. Definimos posiciones, repasamos pros y contras y caímos en la cuenta de que lo nuestro era, como poco, inevitable. Le calculé los porcentajes de ternura y el resultado fue absoluto, resbalé en su lluvia y me sentí extranjero en mi lugar sospechando que tardaría al menos un mes en respirar su mismo aire. Apagué su modo de no búsqueda y reconstruí la ruina y a la reina. A las cuatro treinta y cinco una semana más allá le confesé que me hacía falta, que me habría mudado sin el menor temblor de pies y de planes a su puerta de al lado. La definí como besable y, si hubiera sabido volar, la habría sacado por la ventana cogida de la cintura de aquella clase infernal de historia.


Cuando es Él sabes que es él. Hace mucho menos tiempo del que parece(desde que el tiempo es tiempo) no pude más y me fallaron el sentido común y las piernas. Cedí a golpe de carcajada. Tenía que averiguar a qué sonaba su risa, cómo sería abrazar su futuro. Mi curiosidad era incapaz de seguir una noche más sin ponerle cara. Y no sólo eso: le puse hoyuelos, y gestos, vocación y locura adquirida. Mi puto límite era su cielo. Reporté el choque frontal de dos intensos al seguro que no volvió a hacerme falta desde entonces. Me invitó a conciertos y me desconcertó. Me desnudó sin manos, se enredó en mi melena, me hizo bostezar las penas, las reemplazó por ilusión. Centré mi atención en los ensayos de los mejores días de su vida. Actué sin guión establecido y a día de hoy (y en adelante) sus gemidos y sus suspiros retumban en mis oídos como los mejores aplausos del mundo.



Etcétera.
***




Me pido perdón por todas las noches en blanco. Por el tiempo mal invertido abrazando cactus. Por haber reptado, haberme apagado, dejarme consumir. Perdón por no haberme comportado con dulzura en las discusiones conmigo misma, por el lote completo de números y lágrimas. Por el título de Lady Drama, por las fiestas infernales de zapatos perdidos y cristales rotos, las drogas, las resacas. Perdón por haberme dejado capítulos abiertos antes de pasar al siguiente, por la búsqueda enfermiza de intensidad y magia. Perdón por no haberme perdonado primero.

Todas queremos ser la Maga.



Llegar tanto a la cabeza, corazón, alma de alguien que acaben escribiendo una vez en la vida algo así. Quién no querría sentirse protagonista de una historia filtrada entre espacios en blanco e imágenes subconscientes, cómo no querer pasar las horas en la memoria de quien centrifuga momentos en plural.
La Virginia de Poe. Cristina para Cortázar. Massina haciendo magia en el mundo de Fellini. Ardant provocando creaciones de Truffaut. Dora para Picasso. Yoko en la cama de John. Bob Dylan pensando en Suze. Leonor en las venas de Machado. Beatriz inspirando a Dante. Edie Sedgwick en el objetivo de Warhol. Marilyn dando el sí a Arthur Miller. Alice sin país de las maravillas, Lewis Carroll inventándolo para ella. Gala en los colores de Dalí.

Solo hay una condición después de encontrarla:
No quitarle los ojos, las manos y las letras de encima de por vida.


91problemz.blogspot.com

Soy más de palabras que el puto diccionario. Llevo años buscando la intensidad a tientas, buscando ese algo que me llegue y que me llene. Puedo afirmar sin miedo que lo he encontrado. Que le he encontrado. Noches en vela, las ojeras más sonrientes del autobús, esperas que no desesperan. Caminos a la felicidad sin billete de vuelta.


Tengo el resto de mi vida para leerte.


"(...)porque desde que ella vino, todo con el tiempo mejora."
" Cometer errores. Pasarse de la raya (de tus ojos). Amar tus defectos. Perdóname los míos. No te dije “abrázame , que me caigo” como tú aquella vez, pero si no me hubieras abrazado, habría caído. "
"Acostarse sobre un lienzo en blanco y que cuando acabemos haya un Picasso. "
"Que cualquier espejo aleatorio sea mágico porque siempre habrá alguien que te recuerde quién es la más guapa. Que la torre de Pisa se ponga derecha para saludarte. "





Tus flanes de futuro,
tus mudanzas de la lluvia
y las Coronitas para tu princesa.

(Su blog AQUÍ)

Oviedo.



"Ponerte la inyeccion antiansiedades por nostalgia con la aguja del segundero. Renovar la carita sonriente dibujada en tus lunares, con la tinta que sobró de lo que me escribiste en la espalda mientras me cuidabas. Poner el cartel de ‘No molestar’ colgando de la puerta de la estación y quedarnos a vivir en el banco debajo del paraguas. Aprender baile por braille y boca a boca por fasciculos mirando los áticos de enfrente. Robarle las gafas a Woody Allen para que puedas ver las peliculas que ponemos en la cama como pretexto para follar. Andar por la calle a 21 bajo celo. Bajo tu pelo, hecho rastas despues de haber sudado. Insultar a la de recepción por llamarte niña y subir descalzos los 6 pisos. Cometer errores. Pasarse de la raya (de tus ojos). Amar tus defectos. Perdóname los mios. No te dije “abrázame , que me caigo” como tú aquella vez, pero si no me hubieras abrazado, habría caido. Porque nos lo contamos todo de vuelta al hotel, andando, haciendo eses… de secretos, a roces. Porque ya podemos parar de buscar…porque en el abecedario entre la ’R’ y la ‘V’, pone “”. Porque un dia haremos la ruta de los vino… pero no volvió a irse. Porque parece que tenemos que echar un poco de menos para compensar el exceso de más que llevamos respecto al resto… y porque Erik Satie sigue tocando para nosotros bajo la lluvia de Oviedo."


91problemz.

INSTRUCCIONES PARA PERDER EL MIEDO:




Róbale una hora al tiempo, sal corriendo de la tienda con esos sesenta minutos debajo del abrigo, con alguien que sea tan capaz como tú de echarse las dudas a la espalda y cogerte de la mano cuando huyas. Drógate con palabras hasta que necesites más cada mañana, hasta que te duela pensar siquiera en que puedan llegar a faltarte. Olvida todas las posibles cicatrices que hayan podido abrirte hasta ahora. Vuelve a creer, y a querer,y a confiar,y a crear, y a escribir, y a emocionarte… Riégalo todo con cerveza un viernes en el que un par de líneas ajenas estén dispuestas a salvarte. Jura que no vas a volver a caer mientras te lanzas poco a poco sin saber muy bien a dónde. Espera a que llegue el momento justo, cuando te importe menos el riesgo. Entonces asume consecuencias, convéncete de que puedes. Si no te convences tú misma, déjate convencer. Con promesas de las que no te gustan, esas en las que ahora crees a ciegas. Justo antes de rendirte a lo evidente niégate en rotundo. Pero ten abierta la página de autobuses que te llevará a días que van mucho más allá de cualquier momento que puedas imaginar. Espera días, contándolos. Con sus horas, minutos y segundos.

Ponte al borde, cierra los ojos, salta.


Quemadísima. Necesito viernes, y cervezas. Y que me salven.


Y había una escena en donde una chica contaba un historia que le pasó en un taxi, le contaban el secreto para merecer la alegría. Y era que por todo lo que te dieran Dieras las Gracias, y ella preguntó: ¿Solo dar gracias? ¿Cómo empiezo? El taxista le dijo que era fácil.Que podía empezar ahí mismo, pero que el secreto para recibir era simple...
después del gracias tenía que ir un "más, por favor."

De superheroínas y extintores.


Esa sensación en el cuerpo cuando te pesa hasta tu sombra. Pisadas grises, autobuses llenos, páginas de libros en las que perderte y perder de vista al resto. Risas. Y prisas por contestarte. Y palabras, jodidas palabras que te abren, juegan, te ponen a prueba. Palabras que te dejan sin palabras. Palabras que sorprenden, despistan. Insiste y resiste, rubia. Aunque veas los azules cada vez más tristes.
D: -No tengo fuerzas para pedirte que vuelvas conmigo, ni tengo valor para decirte que me olvides.
Me niego a pensarte en verdades a medias, a perder el culo si me rozas las piernas, a dejarme rodear, despertar, arrullar, sofocar, susurrar, arder.

"-Has conseguido lo imposible: Dejarme sin palabras."


-Pues estaría bien lo de ponerme las cosas en cartel luminoso, un avión con pancarta y altavoces por toda la ciudad...

-No quieres jugar conmigo...
-No me busques las cosquillas.
-Ya te las buscaré bien.
Hasta que me salga el Lambrusco por las orejas.

Red walls.

-Soñé contigo, y ya van dos días seguidos...no voy a volver a dormir.
-¿Qué soñaste?
-Que pintábamos mi antigua habitación de rojo.
-Todos los sueños tienen su significado, tu subconsciente me quiere...y el consciente también ,pero lo niegas.¿Y el otro sueño qué?
-Demasiado tierno...
-Bueno, ya me mandarás esta noche un mensaje contándomelo...