
Yo no sé querer. Nunca me han enseñado. Tuve que aprender a trompicones, con el peor personaje que podría haber elegido entre seis mil millones de personas, y aún así me parecen pocas, le habría elegido entre billones, estoy segura. Nunca le puse límites a lo que sentía, viví esos años con una intensidad que ya no me abandonó nunca. Podía pasar horas mirándole a distancia, podíamos. Hasta las miradas eran intensas, desprendían luz, deslumbraban a cualquiera que se pusiera de por medio y eso pude comprobarlo cada fin de semana cuando no pasaba a su lado las noches de fiesta pero sí lo hacían otras sin perder un minuto. La felicidad era un reloj de arena. Tan pronto estaba arriba y rebosaba como me dejaba a cero, bajo mínimos, y vuelta a girar...
Arrastré esa conducta, esa manera de actuar, con cada uno de los que han conseguido importarme algo más de lo habitual (que es Nada) : Si no vuelca la arena me canso, no puedo soportar las rutinas, la falta de intensidad. Aunque a veces la busque por caminos nada
aconsejables. Aquí es donde aparezco, donde me revelo con total claridad. Si no tengo la euforia a mano busco rápidamente el tormento, y lo busco con todos los métodos que tengo a mi alcance. Empiezo guerras y
después pido treguas, pero cuando las balas me acribillan siento por un momento la misma chispa que encendían esas primeras palabras de un Mayo de hace ya demasiados años. Soy difícil de llevar y
probablemente yo misma no llevaría a espaldas la carga que supone quererme.
Supongo que esos cambios de humor, esa
bipolaridad leve, llama la atención de muchos, pero solo algunos valientes (como tú) han tenido los
cojones de tocarme de cerca, de abrirme en canal sin cirugía y asumir riesgos y consecuencias. Que cuando me enfado me
encabrono, que saco las cosas de quicio, que puedo superar el exceso y aún así seguir y seguir y seguir hasta que la situación y la paciencia exploten.Y volver a girar el reloj...
Has hecho cosas últimamente que pensé que jamás podrías hacer, te he y me has decepcionado, nos hemos jurado no volver nunca a caer y nos estamos yendo al suelo en picado. Pero lo único que siento, después de las lágrimas, de llamarte cabrón por dentro y por fuera y de hacer ciertas cosas de las que no me creí capaz hasta justo antes de hacerlas es que
cuanto más me jodes, más te quiero. Cuanto más me destrozo, cuanto más lloro, cuanto más tiemblo...
Si no lo cuento reviento, si me lo guardo todo por dentro...
No sé cuánto tiene de bueno el hecho de que vuelva a escribir